Cómo se vive el duelo animal
Cuando un ser querido de con patas forma parte de tu vida, no ocupa un espacio pequeño. Ocupa rutinas, horarios, rincones, conversaciones, preocupaciones, alegrías y una parte inmensa del corazón. Está en el sonido de sus pasos, en la forma en la que te mira, en cómo te espera, en su cama, en su comedero, en los paseos, en las noches difíciles y en esos momentos en los que no hacía falta decir nada porque su presencia ya lo calmaba todo. Por eso, cuando se va, no solo duele su ausencia: duele todo lo que tu vida era con él o con ella.
En Oh My Gos conocemos ese dolor porque lo hemos vivido muchas veces. Rex, nuestro bichón frisé, nos acompañó durante 19 años. Lucas, su hijo, llegó cuando Rex todavía estaba con nosotras y, con el tiempo, se convirtió en uno de esos seres que transforman una familia sin hacer ruido. Vivió el también casi 19 años y fue el inspirador de Oh My Gos. Era calladito, travieso e nuestra ausencia, cariñoso y amante de sus espacios. A veces, un perro no solo te acompaña: te cambia el camino.
El duelo animal duele tanto porque ellos forman parte de lo cotidiano. No están en nuestra vida de vez en cuando: están en cada día. En los horarios que adaptamos, en los planes que cambiamos, en los cuidados que damos sin pensarlo, en las preocupaciones cuando enferman, en la alegría sencilla de verlos dormir tranquilos. Cuando se van, la casa sigue siendo la misma, pero ya no se siente igual.
Y muchas veces ese dolor se vive en silencio. Hay personas que no entienden que llores tanto, que no puedas salir, que necesites tiempo, que no tengas ganas de hablar o que sigas recordando a tu perro o a tu gato meses después. Pero el amor no necesita permiso para doler. Si ese ser querido fue familia para ti, tu duelo también merece ser tratado como el duelo por alguien de la familia.
Ellos también pasan el duelo
También ellos sienten la ausencia. China llegó a nuestra vida con tres meses y creció junto a Lucas. Para ella, Lucas era su hermano, su compañero de juegos, su amor y su mundo. Cuando Lucas se fue, China aulló en ese mismo momento, como si algo dentro de ella también se hubiera roto. Desde ese momento dejó de comer, de beber y de tener ganas de seguir. Durante meses intentamos sostenerla mientras nosotras mismas atravesábamos el duelo por Lucas. Y aunque habrá quien no lo entienda, nosotras sentimos que China murió de dolor. Porque ellos también aman. También extrañan. También sufren.
El duelo animal no es una debilidad o un sufrimiento sin importancia. Es una respuesta natural ante una pérdida profunda. Cuando has amado, cuidado, protegido, acompañado, curado, alimentado, paseado y dormido junto a un ser querido durante años, la despedida no puede ser pequeña. No se pierde solo una presencia: se pierde una relación, una etapa, una forma de vivir y una parte de ti que existía gracias a ese vínculo.
Cuándo empieza el duelo animal
A veces, el duelo empieza antes de la despedida. Empieza cuando notas que tu compañero o compañera ya no tiene la misma fuerza, cuando sus ojos te miran diferente, cuando los cuidados se vuelven más intensos y tú empiezas a entender, aunque no quieras aceptarlo, que el tiempo juntos se está acercando a su final. Si estás en ese momento, acompañando a tu perro o a tu gato en sus últimos días, te abrazamos desde aquí. Quédate cerca, háblale suave, acaríciale con calma, agradécele todo lo vivido. Tu presencia también es amor.
Con Kiko vivimos una parte muy profunda de este amor. Llegó a nosotras después de haber sido rescatado en un pueblo de Lleida, tras años sobreviviendo en la calle. Venía con miedo, con carácter guerrero y con un cuerpo que contaba una historia dura. Poco a poco, con cuidados, paciencia y amor, cambió su forma de andar, de comer, de jugar y de mirar la vida. Nos regaló cuatro años preciosos. Cuando sufrió el ictus, cuidar de él se convirtió en una entrega diaria. Y cuando se fue, nos despedimos de el con la ayuda de un comunicador, le agradecimos la llegada a nuestras vidas y no solo lloramos su partida; lloramos también todo lo que había superado y todo lo que todavía queríamos darle.
Después de Kiko llegó Luna, una perrita que necesitaba una familia más presente porque pasaba demasiadas horas sola con sus miedos. Su anterior familia quiso darle una vida mejor, y cuando la conocimos fue amor a primera vista. Luna no vino a sustituir a Kiko, porque nadie sustituye a nadie. Llegó a recordarnos que el corazón puede seguir latiendo aunque tenga cicatrices. Abrir el corazón a otro ser querido no borra al que se fue; a veces, simplemente permite que el amor vuelva a circular.
La despedida no es el fin
Hay personas que sienten culpa cuando vuelven a querer a otro perro o gato, como si amar de nuevo fuera una traición. Pero el amor no funciona así. Kiko no ocupa el lugar de China o Lucas o Rex. Luna no ocupa el lugar de Kiko. Cada uno deja una huella distinta, y todas juntas forman parte de quienes somos.
No hay una manera correcta de vivir el duelo animal. Hay quien necesita guardar sus cosas durante meses. Hay quien necesita retirarlas pronto porque verlas le rompe. Hay quien quiere hablar todo el tiempo. Hay quien se queda en silencio. Hay quien llora cada día. No compares tu duelo con el de nadie. No midas tu amor por la cantidad de lágrimas. Cada persona atraviesa la pérdida como puede y como sabe.
Lo importante es no negar lo que sientes. No obligarte a estar bien para que otros estén cómodos. Busca a alguien que entienda. Habla, escribe, llora, descansa. Permítete no estar disponible para todo el mundo. Tu dolor necesita espacio, no prisa.
El duelo animal nos transforma. Nos enseña que cuidar es mucho más que alimentar o pasear. Cuidar también es acompañar la vejez, respetar la personalidad, entender los miedos, sostener la enfermedad, celebrar pequeñas mejorías y despedirse cuando la vida lo pide. Cada uno de ellos nos deja algo. Rex, Lucas, China, Kiko y Luna forman parte de la historia de Oh My Gos porque cada uno nos enseñó una forma distinta de amar.
A ti, que estás leyendo esto con el corazón roto: no estás sola. No estás solo. No tienes que pedir perdón por llorar. No tienes que justificar que tu perro o tu gato era familia. Lo que sientes tiene nombre, tiene sentido y merece respeto. Se llama duelo animal, y es la prueba de que hubo un amor inmenso.
Y los amores inmensos no desaparecen. Solo cambian de lugar. Dejan de vivir delante de nuestros ojos para vivir dentro de nosotras. Dejan de caminar a nuestro lado para acompañarnos desde la memoria. Dejan de ocupar una cama, un sofá o un rincón de casa, pero siguen ocupando ese espacio sagrado del corazón donde las huellas no se borran nunca.
Si estas viviendo un momento de cuidado con un perro senior y necesitas consejos naturales te aconsejamos leer el articulo Perros senior: 20 consejos hay una tabla descargable para calcular la calidad de vida.
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